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jueves, 12 de enero de 2012

Un mundo de agua




En aquellos momentos en los que escucho las palabras equivocadas  deseo sumergirme en un mundo de agua. Cuando siento que me miran los ojos que no deben mirar, porque no me ven,  quiero un mundo de agua. Cuando hay tanto espacio a mi alrededor que  puedo moverme  y correr de un lado a otro sin encontrar manos, ni labios, ni caricias, busco un mundo de agua.

Quizás haya nacido en el elemento equivocado. Hace siglos se asociaban los cuatro elementos a los patrones de la naturaleza, y en mi naturaleza el agua se manifiesta como algo íntimo y esencial.  Me da consuelo, me abraza, me sostiene y me permite moverme con absoluta libertad.

En el agua sólo escucho mis propios pensamientos, todo lo demás es silencio. Y no necesito ver más allá del espacio en el que deseo avanzar o simplemente permanecer suspendida como una planta acuática. En ella encuentro paz, armonía, un mundo propio en el que todo es amable, dulce, benévolo.

¿No deseamos todos encontrar un espacio en el que desaparezca la rebeldía, el desasosiego, donde imaginemos que no es necesaria la lucha?  En el agua las lágrimas se funden y desaparecen, se diluyen, y puedo sonreír con los ojos cerrados sin necesidad de imaginar un mundo inalcanzable, mejor.

Un mundo de agua. Así es como imagino mi alrededor cuando deseo no estar donde estoy, porque me calma una sed más profunda que la sed.
Carmen Otero

miércoles, 12 de octubre de 2011

La efigie




Por más que quería moverse no conseguía avanzar un milímetro sobre la arena. Intentó bajar la mirada para ver si algo la sujetaba, si había algún obstáculo que le impidiera hacer un acto tan sencillo y tan cotidiano como levantar un píe y adelantar al otro, posar el talón, luego la planta, y realizar el mismo gesto con el píe alterno hasta componer lo que siempre hemos entendido como avanzar, un paso tras otro para caminar sobre el terreno. Pero sus ojos también estaban inmóviles, al igual que su cuello, sus brazos, su tronco, su cintura. Sólo podía mirar hacia adelante, allí donde el mar y el cielo componen el horizonte.

Al ser una situación tan repentina, tan imprevista, comenzó a buscar una palabra que definiera qué estaba pasando. “Puede que algo me haya dejado petrificada, pero no tengo certeza del significado de la palabra pétrea, por tanto debo desecharlo. También puedo decir que estoy inmovilizada, pero entonces tendría que estar segura  de que hay algo que me impida el movimiento, y como no puedo mirarlo, no lo sé. Quizás la palabra correcta sea paralizada, pero al igual que en el caso anterior tendría que tener la certeza de haber parado, y para ser honesta, no recuerdo que anteriormente haya tenido movimiento alguno”.

De hecho no recordaba nada. Su memoria, su mente, en contraste con el resto de su cuerpo, estaba activa, pero absolutamente en blanco. Ni rastro de la infancia, ni de los amigos, ni de sus preferencias gastronómicas, ni de las vacaciones. Nada sobre su padre, o su madre, o sensaciones tan primarias como el frío y el calor.

Puesto que no podía hacer otra cosa se quedó así, quieta, dejando que pasara el tiempo, mirando. Poco a poco los globos oculares comenzaron a adquirir movimiento a un lado y a otro, hacia arriba y hacia abajo.  Ahora podía ver como la gente paseaba a su alrededor, los niños corriendo sobre la arena, chicos jugando a la pelota, ancianos que se bañaban a la caída de la tarde, el paso de las nubes, las parejas que se hacían mimos y arrumacos entre las olas. Comenzó a diferenciar el día y la noche y a medida que se formaban los recuerdos fueron creciendo las sensaciones, y a medida que crecían las sensaciones comenzó a tener sensibilidad en todas y cada una de las partes de su cuerpo.

Hasta que un día en el que las secuencias de su entorno estaban ya alojadas en una parte de su memoria algo comenzó a activarse en su interior. Fue una sensación extraña sentir esos primeros golpes en el pecho, irregulares, huecos, hasta que fueron adquiriendo frecuencia y ritmo. Ella no sabía que eran latidos

Primero fueron los dedos de las manos y los dedos de los pies. Le siguieron los brazos, la cintura, las piernas… hasta que finalmente se movió, despacio, como un niño que da sus primeros pasos. Sin saber muy bien porqué  se dirigió hacia el frente y sintió un escalofrío, fue cuando aprendió la sensación de caminar por la orilla del mar con el agua fresca acariciando sus tobillos.

Carmen Otero

lunes, 3 de octubre de 2011

El banco de la espera




Desde que te conocí he ido cada tarde a este banco a esperarte. Hoy he venido hasta aquí a despedirlo, porque no voy a volver más.

Los libros que he leído al atardecer frente al río quedan dormidos en la estantería de este período de mi vida. El periódico que diseccionaba los domingos en las mañanas de invierno buscarán otro paisaje. No volveré a sentir la calidez del sol viendo a los niños correteando por la orilla a la salida el colegio, ni tendré que esquivar con la mirada a las parejas que retozan a mi alrededor sobre el césped. 

No vendré más a este banco, el banco de la espera, en el que durante demasiado tiempo tu espacio vacío me ha escuchado hablarte a solas, sentirte a solas, soñarte a solas. En mi imaginación durante todo este tiempo hemos crecido juntos y hemos viajado, hemos discutido docenas de proyectos de futuro. Y todo sin respuesta. A menudo he imaginado cómo sería tenerte de verdad sentado junto a mí en este banco,  entre tus brazos, sintiendo como colocas una a una las piezas que en tu ausencia me han hecho sentirme incompleta.

Hoy he tomado la decisión de no volver, y he querido traerte aquí, y mostrártelo, para que también forme parte de tu mapa de recuerdos. No me aprietes tanto la mano, no es necesario, sé que no vas a escaparte, y yo no voy a ir a ninguna parte sin ti… Ahora que estás aquí, mira este banco en el que tanto te he soñado, y no volvamos nunca. Busquemos otro lugar donde sentarnos en el que no quede ni rastro de la soledad sentida, en el que sólo habiten las presencias.

Carmen Otero

domingo, 18 de septiembre de 2011

Una hora ante tu ventana



Tu pelo blanco es lo único que alcanzo a ver a través del cristal, sentado de espaldas a la calle sin saber de mi presencia ni intuirme. Hace una hora que te observo desde el otro lado de la calle, junto a la pastelería a la que solías llevarme los domingos cuando hacía buen tiempo y salíamos a dar un paseo por el parque, y apenas te has movido. Puede que estés viendo la televisión y tu única actividad sea la del pulgar sobre el mando a distancia. Puede que estés leyendo, siempre te gustaron las novelas de misterio y la novela negra americana.  A veces también la poesía, reservada a  las largas tardes de invierno, en las que de pronto tu voz llenaba todos los espacios cuando leías en voz alta algún poema con el que, por algún motivo, se te alteraba el alma. Quizás estás hablando por teléfono, tu cabeza se mueve levemente hacia adelante y hacia atrás, como asintiendo… quién puede llamarte un día como hoy, ni siquiera sé si siguen vivos tus amigos o han ido cayendo poco a poco como los muñecos de un puesto de tiro en la feria, y yo he sido tu única familia. Eres tan mayor que me cuesta trabajo imaginar que aún estés ahí, con tu gesto adusto, tu mirada autoritaria, y tu rostro inflexible. Creo que de alguna manera tenía la esperanza de que al terminar este largo viaje que me trae de nuevo ante la ventana de tu casa,  no encontrarte. Me hubiera ahorrado este lento y desgastador proceso en el que debo decidir si llamar a tu puerta, o marcharme por donde he venido. Una hora ante tu ventana y cientos de recuerdos. No queda casi ninguno de  los buenos, enterrados bajo los gritos y las amenazas de aquella tarde de abril en la que abriste la puerta del que hasta el momento había sido mi hogar para decirme que nunca volviera.  Una hora ante la ventana de tu casa sin saber si tengo valor para enfrentarme  a tu rostro, a tu voz, a tu ira, al recuerdo de tu ira. No sé en qué momento dejaste de ser el rostro amable en el que se cobijaban todas mis ilusiones para convertirte en el hombre al que tanto he temido. Puede que ahora no seas más que una sombra de lo que eras y que al mirarte a los ojos sólo encuentre  vacío, sin rastro del pasado, sin consciencia del hoy, puede que una de esas terribles enfermedades degenerativas haya convertido tu victoria del pasado en la derrota en la que vives el presente, solo. Aunque bien visto, la soledad en la que has nadado estos años ya es suficiente derrota.

Carmen Otero

martes, 21 de junio de 2011

Volver a observar como sin nunca antes...


Echo de menos la capacidad de sorprenderme  con los detalles, las palabras desconocidas, los gestos extraños. Echo de menos la curiosidad de querer comerme el mundo intentando que en cada bocado no haya un empacho, ni una mala digestión, y de esta manera poder seguir  alimentando el alma y el espíritu  a placer. Recuerdo con claridad la sensación de ser una niña y observarlo todo con ojos novatos, mirando el entorno con la ingenuidad de no saberte ignorante, porque hasta el concepto resultaba lejano e incomprensible.

Mis hermanas, en mi pequeño mundo, eran lo más. Más edad, más altas, más listas, más hermosas, más experimentadas, más libres. Mi recorrido era siempre a su sombra, como las alondras que siguen el arado a la captura del grano caído, del fruto de la tierra removida. Algo aparecía  siempre ante mí de lo que podía alimentarme para imaginar que, tal vez, algún día, pudiera ser  igual de alta, igual de lista, casi igual de hermosa, y puede que más libre.

Un espíritu joven es como un cuaderno en blanco en el que hay que elegir bien los colores, las formas, perfilar bien los contornos para no pisar la línea y que el resultado sea, como poco, coherente. Sin embargo en el proceso de crecer, bebiendo de todo y de todos como esponjas secas, es inevitable un golpe de tinta que manche una página, o un resultado final inexplicablemente desastroso a pesar de los esfuerzos, del empeño en la precisión del trazo, de la idea preconcebida  tan clara al comienzo… que no se parece en nada al resultado final.

Hoy he buscado mi viejo cuaderno de Vida y he repasado las páginas coloreadas. Algunas, las primeras, dibujadas con torpeza pero con colores intensos y una gran carga expresiva. Otras, las menos, inesperadamente  seductoras, llenas de una vitalidad y con una pasión que no recordaba poseer (¿de dónde y cómo me vino tanta inspiración?).  Otras, las menos, están sin terminar,  y éstas las he pasado de prisa, porque no quiero recordar qué me hizo abandonarlas condenándolas a no llegar a concluir en nada.

Pero he comprobado con sorpresa que quedan un gran número de páginas en blanco que me guiñan y me invitan a recuperar el buen hábito de observar, de curiosear y escarbar en los detalles, de descubrir, de descubrir, de descubrir...

Empezaré mañana. Lo reestrenaré frente al mar, en la bella Bahía de Bolonia. Abriré mucho los ojos e imaginaré que mido poco más de un metro. Haré un auténtico ejercicio de limpieza para renovarme y tener la capacidad de mirar el mar como si semejante espectáculo nunca hubiera aparecido antes ante mis ojos. 
Carmen Otero

miércoles, 20 de abril de 2011

La vieja de las palomas (Nuevo texto de Carmen Otero)


LA VIEJA DE LAS PALOMAS

Me contaron que en otros tiempos vendía objetos usados, y que sufrió un mal de amores tan incurable que llegó a perder irremediablemente la cordura. Otros dicen que llegó hace unos años de las montañas y ahí se quedó, inservible y aislada, viviendo una realidad paralela absolutamente infranqueable. Pero en lo que todos coinciden sobre este ser humano aparentemente desparramado y roto, es en su asombrosa habilidad para adivinar el origen y autor de un texto. a menudo se forma a su alrededor un corrillo de espontáneos que hacen apuestas sobre sus conocimientos literarios. Desvaría, gime, se frota el pelo en un conjunto indescifrable de actos y palabras ... pero en el momento que alguien le recita un poema o el fragmento de un texto, automáticamente fija la vista mostrando una fugaz lucidez y sentencia: "Mi corazón al desnudo" de Baudelaire. Para volver a sumergirse inmediatamente en su mundo.

Lo he visto con mis propios ojos. La he visto adivinar, con rapidez y sin un ápice de duda, fragmentos de obras de Sartre, Cervantes, Borges, Shakespeare ... mientras los recitadores la jaleaban a su alrededor camuflando en la burla su admiración.

La miro cada mañana intentando encontrar una rendija por la que colarme en su sabiduría, y la veo, cerca del muro, como los toros cuando buscan la barrera para morir tranquilos. Unas veces se sienta canturreando lo que parece una vieja canción de infancia, otras se entretiene contando las palomas, su única compañía... Otras, las menos, se levanta y aletea los brazos en un gesto inútil de espantar sombras invisibles.

CARMEN OTERO

miércoles, 13 de abril de 2011

Ni los recuerdos te respetó el tiempo (Nuevo texto de Carmen Otero)



No tengas miedo, agárrate fuerte, yo te guío. Siente el sirimiri en la cara y  deja que la brisa húmeda limpie las sombras de tu rostro.  Deja que borre cada arruga provocada por las preocupaciones, por años de superación en los que lo más difícil era llegar al final del camino.

Despacio. No tenemos prisa. No temas porque  ahora yo soy tus ojos. Te indicaré cada escalón,  cada baldosa. No dejaré que tropieces y así, aferrada a mi brazo, te conduciré a la tranquilidad que nunca tuviste. Vamos juntos, un solo paso, una misma dirección. Como tantas veces tú me llevaste a mí a los mil destinos que componen el jeroglífico de una vida. Velando por mis días y por mis noches, con la preocupación de elegir siempre el camino correcto, preparada para afrontar imbatible cada contratiempo.

Fuiste dejando en cada ruta un poco de ti, de tal forma que ahora eres apenas la sombra de lo que yo recuerdo.  Pero, ¿ves?, yo te guío. Veo donde antes miraban tus ojos, recorremos  las  líneas ya marcadas por ti en estos años, te protejo del aire, te abrigo, heredé tus desvelos….

Seré tu lazarillo, y a pesar de tus ojos cansados que apenas ven, de tus piernas hinchadas que avanzan torpemente, a pesar de que para ti esta ciudad es ajena y extraña, porque ni los recuerdos te respetó el tiempo, vas tranquila. 

Te miro y veo el rostro de siempre. El mismo gesto dulce, la misma sonrisa que da la bienvenida… sin embargo no sé lo que piensas ni lo que sientes. Avanzaste tan rápidamente hacia el olvido, sin despedirte, que llegaste antes de tiempo a este destierro vacío en el que habitas. Aislada. 

Pero no necesito que me contestes, ni que respondas a mis afectos, sólo quiero que sientas que estoy aquí,  y seré lo que ya no eres para ti. Agárrate fuerte, no vayas a resbalarte que el suelo está mojado por el agua de la lluvia.

Carmen Otero

lunes, 4 de abril de 2011

Este es el comienzo de lo que espero sea una fructífera colaboración ... (Gracias Mamen)



UN CRISTAL ES LO ÚNICO QUE SE INTERPONE ENTRE NOSOTROS….
Podría levantarme despacio, como quien no tiene prisa, recoger mis cosas y desaparecer. Entonces este día podría ser, una vez más, un día cualquiera. No le daría ni la más mínima oportunidad de convertirse en algo especial. Pero  entraría en el saco de los días en los que tuve la oportunidad de cambiar mi vida, y no lo hice… una vez más.
También puedo entrar en el bar, distraída,  recorrer el local fingiendo que busco a alguien… y forzar el encuentro de las miradas. Tendré que hacer un gran esfuerzo por controlar los latidos del corazón, y que sonrisa y sorpresa sean una, con naturalidad. Demasiado complicado. Me temblará la voz cuando se dirija a mí y las palabras adecuadas desaparecerán dejando un vacío intenso en la boca seca.  
Quizás no me reconozca. ¿Qué haré si me mira y no me ve?, ¿cómo podré deshacer el recorrido, de vuelta a mi mesa en la terraza, simulando que no ha pasado nada? Puede que simplemente vea a una muchacha que entra y sale sin ningún motivo, puede que no se fije en mi  absorto en sus pensamientos, puede que me reconozca y mire a otro lado, incómodo por un reencuentro inesperado que está fuera de guión. Puede que no quiera verme, ni hablarme, ni recordar el momento en el que nos conocimos en otro lugar, en otro espacio, en otro mundo.
Pero también puede ser que en un segundo cambie su rostro y la memoria le devuelva, de golpe,  las sensaciones vividas aquella noche. Quizás él tampoco haya podido olvidarlo y no haya pasado un día en el que, como me ocurre a mí, no haya deseado con todas sus fuerzas volver a encontrarme.
Un cristal es lo único que ahora se interpone entre nosotros, mi espalda contra su hombro. Podría levantarme despacio, como quien no tiene prisa, recoger mis cosas y desaparecer…
Carmen Otero